De vuelta a New York, como todos los años. Cada vez que estoy preparando mis venidas a NY recorro en mi mente las calles que conozco mejor que muchas de Caracas porque cuando vengo las camino a diario. Escojo en mi mente a dónde voy a ir, saboreo mentalmente el café y otros antojos que me voy a comer.
Pero en 2020 no vine. Cuando tomé la decisión de venir a vacunarme, mi mente se convirtió en un revoltillo de dudas. Después de un año encerrada y con referencias en lo que uno lee, oye y se inventa, el paseo por NY en mi mente era borroso y desconocido.


El primer día hacía mucho frío y estaba nublado. Mi percepción era tan gris como el clima: encontré a la ciudad triste, poca gente, poco tráfico, sorprendentemente poco ruido. No pasó mucho tiempo para que eso cambiara porque poco después del mediodía hubo un incendio en el edificio donde yo estaba comprando unas acuarelas y llegaron como 15 camiones de bomberos y como 30 de la policía y el nivel de ruido fue impresionante. Eso se parecía más a NY.
Me ha tomado más tiempo de lo normal reconocer la ciudad, convertida en una red infinita –mucho más de lo normal– de andamios sobre las aceras y desvíos en las esquinas. Tantos que uno casi no se da cuenta de la cantidad de locales sucios y vacíos por cierre. Sólo cuando uno se va fijando específicamente en sitios conocidos es que se da cuenta de lo que falta… y es mucho.





Las aceras semivacías se llena de obreros de construcción a la hora de almuerzo, sentados en el piso y en los improvisados sitios para comer al aire libre.





Cuesta acostumbrarse a las cuadras enteras llenas de “ranchos” sobre un canal de la calle, que los restaurantes improvisaron en el clima cliente para servir al público afuera, y que ahora están vacíos y destartalados. En los restaurantes más lujosos no son tan ranchos, pero igual extraños. También hacía mucho tiempo que no veía aceras enteras con homeless arropados.
Pero NY sigue teniendo esa cualidad que lo diferencia en su gente, en su manera de moverse, ahora casi todos cubiertos por máscaras, en su Central Park impecable y en la silueta de la ciudad que ha cambiado mucho en los últimos años.






New York hoy se siente como una cuidad que pasó por un aparatoso accidente y ahora (¡por ahora!) está inmovilizada, enyesada y llena de tubos por todas partes, pero la gente empieza a salir, a reunirse, con máscaras y muchos sitios con restricciones. Estoy segura que revivirá.







