Nuestro encuentro [casi] anual de hermanos lo hicimos este año en Cartagena, como siempre, cortesía de Jesus & Co. Estábamos contando con que estaríamos los seis hermanos, pero el último día Juan nos anunció que no vendría porque había tenido covid y estaba todavía de reposo. Hubiera sido maravilloso tenerlo ahí, lo nombramos todos los días.




Este es mi cuento, la versión de cada uno variará, porque así es la vida. Las fotos son mías, de la cámara y el teléfono, y de todo el mundo porque las mandaron al grupo de hermanos. Además, MariaM me pasó una chuleta con los nombres de los sitios y de las personas, que yo no anoté.
Yo me esperaba unas vacaciones de esas de echarnos en la playa, pero desde antes de ir ya nos había quedado claro que Alfredo, el padre que es jefe de la comunidad de San Pedro Claver, donde nos recibirían, tenía otros planes. Nos mandó una agenda tipo campamento vacacional, donde no figuraba mucho la palabra “siesta”. Una vez allá nos dimos cuenta de que era el “Campamento vacacional San Pedro Claver”.
La escenografía
Cartagena es muy bella, la recordaba bella, pero no la caminé tanto cuando fui con mi mamá hace años. Esta vez la recorrí con el arzobispo, el día que llegué, sola en las mañanas que salí a hacer fotos y con mis hermanas un par de veces. Hay que resaltar el calor, que nos acompañó todo el tiempo, el clima y la calidez de la gente de la zona que me pareció deslumbrante.
Dentro de la ciudad amurallada, el Santuario San Pedro Claver nos prestó cuatro cuartos que arreglaron para nosotros –hasta nevera pusieron–, comidas, planes y cariño, por una semana. Un lugar privilegiado dentro de la ciudad amurallada, que está rodeado de gente y ruido permanente, dormir ahí fue un reto, pero estar ubicados en ese sitio valió la pena.















Antes de que llegaran mis hermanas, Arturo y Ricardo me fueron a buscar al aeropuerto, el abrazo con Arturo después de dos años valió todo. Apenas solté la maleta, me informaron que íbamos a comer con el arzobispo. Me salió bañarme y adecentarme para ir a la Iglesia de San Toribio, donde nos recibieron en la casa parroquial y después comimos ahí enfrente, en el restaurant San Toribio. Una mesa llena de curas y yo, muy simpáticos y atentos todos, entre ellos el párroco de San Toribio, que también funge de cónsul de Gran Bretaña en Cartagena (!). Comimos un cocido espectacular y después caminamos por la ciudad con el arzobispo de guía, que le iba explicando cosas a Arturo.


Volvimos y dormimos un rato hasta que llegaron mis hermanas. La imagen de ellas a contraluz, paradas al final del pasillo con los brazos abiertos para el abrazo es el recuerdo más bonito que tengo. Extrañaba mucho ese abrazo. Esa noche conocimos a la comunidad y celebramos el cumpleaños de Pacho.
















El campamento
El primer día, marcado en el programa como día libre, empezó con plan: caminamos como un kilómetro hasta el castillo de San Felipe de Barajas con el padre Alfredo de guía, aunque cuando llegamos ahí, él decidió contratar a Alfonso, un guía profesional que resultó ser un personaje. El sol y el calor eran tan fuertes que terminé comprando una sombrilla gigante para que nos tapara durante el recorrido. Cuando nos pegó el hambre (¡y la sed!) nos fuimos caminando a Getsemaní, en busca de una cerveza. Alfredo nos llevó a un restaurant que se llama Sierpe, donde nos tomamos varias cervezas heladas y comimos ceviches, mariscos y enyucado, el gran descubrimiento.














Era domingo y le pidieron a Arturo que celebrara la misa de las 6 en la iglesia del santuario, como lo habían anunciado, vino gente conocida por los curas y también vino María Mercedes a oír la misa. Después, organizaron una “reunioncita” con laicos amigos en el patio del museo, con comida, bebida y unos cantantes de vallenato que eran muy divertidos y le cantaron versos a Arturo. Por insistencia de uno de los curas yo terminé bailando –sin tener idea de cómo se baila– con uno de los invitados.



El día dos, lunes, nos fuimos caminando a la playa de Boca Chica, como a un kilómetro, pero con mucho sol. Ahí nos instalamos, Arturo en el mar y nosotras alternando entre arena y mar para no dejar solas las carteras. La playa estaba bien, mar tranquilo y caliente. Estar sentados en el toldito era ver un desfile interminable de vendedores, a quienes les dije, uno por uno, que no iba a comprar nada, pero les iba a tomar una foto. Y funcionó, ninguno insistió, excepto las masajistas, que de una nos jalaron los pies y empezaron a darnos “una muestra” que hubo que pagar. La conversación con ellas fue genial y pasada de tono. Después nos metimos al mar y cuando nos volteamos vimos a un tipo desvistiéndose frente a Carmen Elena, que se había quedado sola a cargo del toldo. De lejos se veía raro, pero cuando nos salimos nos enteramos que le estaba pidiendo a CE que le tomara una foto.



Esa tarde fuimos al Convento Agustino de La Santa Cruz de la Popa, en el tope de la montaña, donde nos esperaba el padre Gabriel Ángel, super simpático, que nos hizo el tour y nos brindó jugo de guanábana. En la noche, cenamos en el Restaurant San Pedro, invitados por Jaime de la Cruz y su esposa, gente super amable y simpática, comimos delicioso.










El martes, el campamento continuaba con una visita guiada del Museo de San Pedro Claver, de la mano de Eliana y Linda, que nos explicaron todo con un cariño y conocimiento de su trabajo que conmovía. Yo estaba engripada y medio distraída.
Cuando terminamos el tour, Arturo se fue a trabajar y nosotras nos fuimos a conocer la Sarrazuela, una plaza de toros convertida en centro comercial y restaurantes. Paseamos, gastamos plata y nos sentamos a almorzar ahí, tuvimos una buena conversa y buen rato.



Esa tarde volvimos a la playa, esta vez íbamos a Castillo Grande, que era más lejos, y necesitábamos ir en taxi. Conseguimos un taxista que nos dejó montarnos todos juntos y nos fue a buscar cuando le avisamos, nos reímos mucho, el taxista compadeció a Arturo por andar con ese mujerero. Esta playa no tenía vendedores, pero teníamos uno vecinos de toldo ruidosos y con la música muy alta. La arena negra, el mar también.
En la noche nos fuimos los hermanos a cenar a El Clero, donde comimos bien y nos atendió una maracucha linda. De regreso Arturo iba apurado para la cama, entonces nosotras nos quedamos paseando para ver la ciudad de noche llena de gente.



El miércoles fue full campamento. Salimos en van hacia el Jardín Botánico de Turbaco, a menos de una hora. Ahí nos recibió Santiago Madriñan, el director, y nos caminó por las 10 hectáreas, donde nos fue contando la historia y los planes del parque. Un sitio realmente bonito. Estuvimos amenizados casi todo el camino por unos monos aulladores, que yo nunca había oido, un ruido impresionante.















Al terminar el recorrido, cerca del mediodía, fuimos a la casa de retiros Villa Claver, que la maneja una pareja, Juan Francisco y Daisy, con sus niños María Victoria y Jacobo.
Nos sentamos en una especie de caney donde Arturo concelebró misa y vinieron las personas que estaban haciendo retiro. Después de misa, ellos siguieron su programa y a nosotros nos sirvieron un almuerzo maravilloso bajo los árboles del jardín, junto con la familia de Juan Francisco y el personal que trabaja con ellos ahí. Regresamos en la van y nos quedamos dormidos, teníamos sobredosis de oxígeno.








Esa noche no salimos, sino que nos reunimos en la casa con Pacho de Roux, actual presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición de Colombia, y conversamos sobre el proceso de paz en Colombia y la situación en Venezuela, muy interesante y enriquecedora.









El jueves, ya casi que entrenados, estuvimos prestos y puntuales para salir en varios carros a Punta Canoa. Ahí queda una casa que es una extensión de esta comunidad, donde está el padre José Gabriel y el hermano Diego y llevan actividades educativas, artísticas, deportivas y pastorales en cinco corregimientos cercanos, mayoritariamente afrodescendientes. Los vecinos y participantes se fueron presentando y contando sus experiencias. Muy conmovedor e impresionante ver a esos chamos tan jóvenes hablando con tanta propiedad y muy divertido oir a las señoras no tan jóvenes echar sus cuentos, todo en un mismo espacio. Conocimos también a personas que ayudan esta misión con su trabajo y donaciones. Ahí almorzamos y después conocimos la capilla arreglada y un museo que lleva una de las vecinas.





Rápidamente, nos pusimos traje de baño y nos escapamos a buscar playa Manzanillo, pero no la encontramos, nos quedamos en la que pudimos encontrar y nos metimos un largo rato al mar. A mí me rozó una aguamala y me salí, sentada en la arena conocimos a un venezolano vendedor ambulante que nos contó que cada mañana al abrir los ojos lo primero que pensaba era “¿por qué estoy aquí y no en Margarita?”, le pregunté por qué y me dijo “porque me da miedo volver”. Lo entiendo.
Cuando regresamos a la ciudad, Alfredo, que no se cansa, se ofreció a llevarnos a conocer una feria de artesanía y un automercado para comprar comida que CE quería llevarse a Caracas. En la feria me compré un vestido bello, conocimos la catedral y regresamos del automercado cargadas de café, dulces y chucherías para el paseo del viernes.


El viernes era full day campamento, hasta uniformes nos dieron. Salimos temprano todos uniformados: los Sosa Abascal, Pacho, Alfredo, Juma, Jesús, Paola (directora regional de FyA) y Hugo. Teníamos un plan de lujo, la verdad. Luis Fernando Londoño y María Elena Martínez, una gente importante, no solo de Cartagena sino de Colombia, nos iban a llevar en su lancha a la isla Barú a visitar una escuela de Fe y Alegría. Ellos mismos –también uniformados– nos vinieron a buscar tempranito en dos carros y a las 8 estábamos montados en una lancha espectacular, manejada por el capitán David y acompañados por Macgiver. El paseo fue de unos 40 minutos con buen tiempo.










Llegamos al muelle frente al colegio Luis Felipe Cabrera y nos esperaban unas niñas con trajes típicos acompañadas de tambores que empezaron a sonar antes de que nos bajáramos, con esa música nos llevaron a un patio al lado del colegio y presentaron su Cruz de Mayo, que contaba la historia de los esclavos, su lucha contra los españoles y la defensa de la vida marina. Muy resumido y bonito, porque eran puros niños muy chiquitos.
Recorrimos el colegio acompañados por su director, Merkis Morales, y Arturo inauguró un laboratorio que se hizo con una donación. Yo me escapé y entré en las clases con mi cámara. Las fotos no quedaron tan buenas, pero las conversas con la gente me encantaron.
Después de una meriendita de camarones y langostas nos sentamos con los maestros, algunos alumnos y el personal de la escuela a conversar. Ellos oyeron a Arturo y a nosotros y después hicieron preguntas. Fue un rato muy bonito, pura gente bonita, como se ve en la foto que nos tomamos antes de irnos. Hasta nos tenían preparados regalos a cada uno con su nombre, una belleza.

















El almuerzo sería en Ubuntu (Soy porque somos/ Si a mí me va bien a ti te va bien), la ecoposada de una amiga de Alfredo en Isla Grande. No nos pudimos estacionar en el muelle de la posada por las corrientes así que nos fuimos a uno más lejos y caminamos hasta el sitio. Nos recibieron con jugos y cuentos. Arturo y yo no nos enteramos porque seguimos directo al mar. Pero después nos incorporamos al grupo donde Margarita, Eber y Coral nos contaban sus luchas por ese espacio y la comunidad. Nos sentamos a comer muy rico y regresamos un poco apurados porque había anuncios de lluvia y los capitanes de la lancha querían regresar. Pero la verdad es que provocaba quedarse ahí otra semana.








El sábado se sentía que llevábamos un mes ahí, pero a la vez con la nostalgia de que ya se iba a terminar Camp Pedro. Nos prepararon arepas con huevo (que yo no comí) para el desayuno y después nos fuimos a comprarle a Arturo una maleta, porque ya era evidente que todos los regalos no cabrían en la que trajo. En el día, Arturo se quedó en la casa y las hermanas nos fuimos a hacer un tour de TODAS las tiendas de artesanía de Cartagena. Yo busqué mi vestido que me estaban arreglando y le compré una carterita a Fer, pero regresamos cargadas. Almorzamos en ALMA, el restaurant de un hotel muy bonito, rica comida y bien servida. Cuando regresamos la iglesia de San Pedro estaba tomada por seguridad por una boda, que era de la hija del Contralor de Colombia. Muy elegante.
Teníamos una misa de despedida a las 7, pero yo me escapé un rato porque descubrí por Instagram que la hija de Xiorelis se presentaba en un show de baile cerquita de San Pedro y fui a saludarlas. Nos dimos un abrazo, tomamos fotos y me quedé esperando a ver a María bailar, pero los de Chile no terminaban y me fui. La misa la celebró Alfredo, estuvo muy sentida. Había que dar gracias por tanto.






Para despedirnos y agradecerles, las hermanas invitamos a la comunidad a una cena, ellos escogieron un restaurant oriental, Tae, y fuimos todos: los Sosa, Alfredo, Pacho, Álvaro, Luis Raúl, Juma, Chucho y Ricardo. De postre nos tocaba helado de paila, que no logramos probar porque ya habían cerrado, pero nos comimos unos muy ricos ahí en la Plaza de San Diego y caminamos a San Pedro entre las multitudes de los sábados por la noche.






Fue noche de despedidas, las caraqueñas se fueron en la madrugada del domingo, Arturo tempranito en la mañana y yo en la tarde. Después que despedí a Arturo, hice mi maleta y volví a salir con mi cámara por ahí cerca. Me desayuné en Waffles & Crepes porque no había cola y me compré un pan con queso en la panadería rica para llevármelo para el viaje.
Pasamos una semana inolvidable, sin la paz de Cohasset o Caruao, pero igual de memorable. No perdamos esta costumbre.