Cartagena 2025

Nuestro encuentro [casi] anual de hermanos lo hicimos este año en Cartagena, como siempre, cortesía de Jesus & Co. Estábamos contando con que estaríamos los seis hermanos, pero el último día Juan nos anunció que no vendría porque había tenido covid y estaba todavía de reposo. Hubiera sido maravilloso tenerlo ahí, lo nombramos todos los días. 

Este es mi cuento, la versión de cada uno variará, porque así es la vida. Las fotos son mías, de la cámara y el teléfono, y de todo el mundo porque las mandaron al grupo de hermanos. Además, MariaM me pasó una chuleta con los nombres de los sitios y de las personas, que yo no anoté. 

Yo me esperaba unas vacaciones de esas de echarnos en la playa, pero desde antes de ir ya nos había quedado claro que Alfredo, el padre que es jefe de la comunidad de San Pedro Claver, donde nos recibirían, tenía otros planes. Nos mandó una agenda tipo campamento vacacional, donde no figuraba mucho la palabra “siesta”. Una vez allá nos dimos cuenta de que era el “Campamento vacacional San Pedro Claver”. 

La escenografía

Cartagena es muy bella, la recordaba bella, pero no la caminé tanto cuando fui con mi mamá hace años. Esta vez la recorrí con el arzobispo, el día que llegué, sola en las mañanas que salí a hacer fotos y con mis hermanas un par de veces. Hay que resaltar el calor, que nos acompañó todo el tiempo, el clima y la calidez de la gente de la zona que me pareció deslumbrante.

Dentro de la ciudad amurallada, el Santuario San Pedro Claver nos prestó cuatro cuartos que arreglaron para nosotros –hasta nevera pusieron–, comidas, planes y cariño, por una semana. Un lugar privilegiado dentro de la ciudad amurallada, que está rodeado de gente y ruido permanente, dormir ahí fue un reto, pero estar ubicados en ese sitio valió la pena. 

Antes de que llegaran mis hermanas, Arturo y Ricardo me fueron a buscar al aeropuerto, el abrazo con Arturo después de dos años valió todo. Apenas solté la maleta, me informaron que íbamos a comer con el arzobispo. Me salió bañarme y adecentarme para ir a la Iglesia de San Toribio, donde nos recibieron en la casa parroquial y después comimos ahí enfrente, en el restaurant San Toribio. Una mesa llena de curas y yo, muy simpáticos y atentos todos, entre ellos el párroco de San Toribio, que también funge de cónsul de Gran Bretaña en Cartagena (!). Comimos un cocido espectacular y después caminamos por la ciudad con el arzobispo de guía, que le iba explicando cosas a Arturo. 

Volvimos y dormimos un rato hasta que llegaron mis hermanas. La imagen de ellas a contraluz, paradas al final del pasillo con los brazos abiertos para el abrazo es el recuerdo más bonito que tengo. Extrañaba mucho ese abrazo. Esa noche conocimos a la comunidad y celebramos el cumpleaños de Pacho. 

El campamento

El primer día, marcado en el programa como día libre, empezó con plan: caminamos como un kilómetro hasta el castillo de San Felipe de Barajas con el padre Alfredo de guía, aunque cuando llegamos ahí, él decidió contratar a Alfonso, un guía profesional que resultó ser un personaje. El sol y el calor eran tan fuertes que terminé comprando una sombrilla gigante para que nos tapara durante el recorrido. Cuando nos pegó el hambre (¡y la sed!) nos fuimos caminando a Getsemaní, en busca de una cerveza. Alfredo nos llevó a un restaurant que se llama Sierpe, donde nos tomamos varias cervezas heladas y comimos ceviches, mariscos y enyucado, el gran descubrimiento. 

Era domingo y le pidieron a Arturo que celebrara la misa de las 6 en la iglesia del santuario, como lo habían anunciado, vino gente conocida por los curas y también vino María Mercedes a oír la misa. Después, organizaron una “reunioncita” con laicos amigos en el patio del museo, con comida, bebida y unos cantantes de vallenato que eran muy divertidos y le cantaron versos a Arturo. Por insistencia de uno de los curas yo terminé bailando –sin tener idea de cómo se baila– con uno de los invitados. 

El día dos, lunes, nos fuimos caminando a la playa de Boca Chica, como a un kilómetro, pero con mucho sol. Ahí nos instalamos, Arturo en el mar y nosotras alternando entre arena y mar para no dejar solas las carteras. La playa estaba bien, mar tranquilo y caliente. Estar sentados en el toldito era ver un desfile interminable de vendedores, a quienes les dije, uno por uno, que no iba a comprar nada, pero les iba a tomar una foto. Y funcionó, ninguno insistió, excepto las masajistas, que de una nos jalaron los pies y empezaron a darnos “una muestra” que hubo que pagar. La conversación con ellas fue genial y pasada de tono. Después nos metimos al mar y cuando nos volteamos vimos a un tipo desvistiéndose frente a Carmen Elena, que se había quedado sola a cargo del toldo. De lejos se veía raro, pero cuando nos salimos nos enteramos que le estaba pidiendo a CE que le tomara una foto. 

Esa tarde fuimos al Convento Agustino de La Santa Cruz de la Popa, en el tope de la montaña, donde nos esperaba el padre Gabriel Ángel, super simpático, que nos hizo el tour y nos brindó jugo de guanábana. En la noche, cenamos en el Restaurant San Pedro, invitados por Jaime de la Cruz y su esposa, gente super amable y simpática, comimos delicioso. 

El martes, el campamento continuaba con una visita guiada del Museo de San Pedro Claver, de la mano de Eliana y Linda, que nos explicaron todo con un cariño y conocimiento de su trabajo que conmovía. Yo estaba engripada y medio distraída. 

Cuando terminamos el tour, Arturo se fue a trabajar y nosotras nos fuimos a conocer la Sarrazuela, una plaza de toros convertida en centro comercial y restaurantes. Paseamos, gastamos plata y nos sentamos a almorzar ahí, tuvimos una buena conversa y buen rato. 

Esa tarde volvimos a la playa, esta vez íbamos a Castillo Grande, que era más lejos, y necesitábamos ir en taxi. Conseguimos un taxista que nos dejó montarnos todos juntos y nos fue a buscar cuando le avisamos, nos reímos mucho, el taxista compadeció a Arturo por andar con ese mujerero. Esta playa no tenía vendedores, pero teníamos uno vecinos de toldo ruidosos y con la música muy alta. La arena negra, el mar también. 

En la noche nos fuimos los hermanos a cenar a El Clero, donde comimos bien y nos atendió una maracucha linda. De regreso Arturo iba apurado para la cama, entonces nosotras nos quedamos paseando para ver la ciudad de noche llena de gente. 

El miércoles fue full campamento. Salimos en van hacia el Jardín Botánico de Turbaco, a menos de una hora. Ahí nos recibió Santiago Madriñan, el director, y nos caminó por las 10 hectáreas, donde nos fue contando la historia y los planes del parque. Un sitio realmente bonito. Estuvimos amenizados casi todo el camino por unos monos aulladores, que yo nunca había oido, un ruido impresionante.

Al terminar el recorrido, cerca del mediodía, fuimos a la casa de retiros Villa Claver, que la maneja una pareja, Juan Francisco y Daisy, con sus niños María Victoria y Jacobo. 

Nos sentamos en una especie de caney donde Arturo concelebró misa y vinieron las personas que estaban haciendo retiro. Después de misa, ellos siguieron su programa y a nosotros nos sirvieron un almuerzo maravilloso bajo los árboles del jardín, junto con la familia de Juan Francisco y el personal que trabaja con ellos ahí. Regresamos en la van y nos quedamos dormidos, teníamos sobredosis de oxígeno. 

Esa noche no salimos, sino que nos reunimos en la casa con Pacho de Roux, actual presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición de Colombia, y conversamos sobre el proceso de paz en Colombia y la situación en Venezuela, muy interesante y enriquecedora. 

El jueves, ya casi que entrenados, estuvimos prestos y puntuales para salir en varios carros a Punta Canoa. Ahí queda una casa que es una extensión de esta comunidad, donde está el padre José Gabriel y el hermano Diego y llevan actividades educativas, artísticas, deportivas y pastorales en cinco corregimientos cercanos, mayoritariamente afrodescendientes. Los vecinos y participantes se fueron presentando y contando sus experiencias. Muy conmovedor e impresionante ver a esos chamos tan jóvenes hablando con tanta propiedad y muy divertido oir a las señoras no tan jóvenes echar sus cuentos, todo en un mismo espacio. Conocimos también a personas que ayudan esta misión con su trabajo y donaciones. Ahí almorzamos y después conocimos la capilla arreglada y un museo que lleva una de las vecinas. 

Rápidamente, nos pusimos traje de baño y nos escapamos a buscar playa Manzanillo, pero no la encontramos, nos quedamos en la que pudimos encontrar y nos metimos un largo rato al mar. A mí me rozó una aguamala y me salí, sentada en la arena conocimos a un venezolano vendedor ambulante que nos contó que cada mañana al abrir los ojos lo primero que pensaba era “¿por qué estoy aquí y no en Margarita?”, le pregunté por qué y me dijo “porque me da miedo volver”. Lo entiendo.

Cuando regresamos a la ciudad, Alfredo, que no se cansa, se ofreció a llevarnos a conocer una feria de artesanía y un automercado para comprar comida que CE quería llevarse a Caracas. En la feria me compré un vestido bello, conocimos la catedral y regresamos del automercado cargadas de café, dulces y chucherías para el paseo del viernes. 

El viernes era full day campamento, hasta uniformes nos dieron. Salimos temprano todos uniformados: los Sosa Abascal, Pacho, Alfredo, Juma, Jesús, Paola (directora regional de FyA) y Hugo. Teníamos un plan de lujo, la verdad. Luis Fernando Londoño y María Elena Martínez, una gente importante, no solo de Cartagena sino de Colombia, nos iban a llevar en su lancha a la isla Barú a visitar una escuela de Fe y Alegría. Ellos mismos –también uniformados– nos vinieron a buscar tempranito en dos carros y a las 8 estábamos montados en una lancha espectacular, manejada por el capitán David y acompañados por Macgiver. El paseo fue de unos 40 minutos con buen tiempo. 

Llegamos al muelle frente al colegio Luis Felipe Cabrera y nos esperaban unas niñas con trajes típicos acompañadas de tambores que empezaron a sonar antes de que nos bajáramos, con esa música nos llevaron a un patio al lado del colegio y presentaron su Cruz de Mayo, que contaba la historia de los esclavos, su lucha contra los españoles y la defensa de la vida marina. Muy resumido y bonito, porque eran puros niños muy chiquitos. 

Recorrimos el colegio acompañados por su director, Merkis Morales, y Arturo inauguró un laboratorio que se hizo con una donación. Yo me escapé y entré en las clases con mi cámara. Las fotos no quedaron tan buenas, pero las conversas con la gente me encantaron. 

Después de una meriendita de camarones y langostas nos sentamos con los maestros, algunos alumnos y el personal de la escuela a conversar. Ellos oyeron a Arturo y a nosotros y después hicieron preguntas. Fue un rato muy bonito, pura gente bonita, como se ve en la foto que nos tomamos antes de irnos. Hasta nos tenían preparados regalos a cada uno con su nombre, una belleza.

El almuerzo sería en Ubuntu (Soy porque somos/ Si a mí me va bien a ti te va bien), la ecoposada de una amiga de Alfredo en Isla Grande. No nos pudimos estacionar en el muelle de la posada por las corrientes así que nos fuimos a uno más lejos y caminamos hasta el sitio. Nos recibieron con jugos y cuentos. Arturo y yo no nos enteramos porque seguimos directo al mar. Pero después nos incorporamos al grupo donde Margarita, Eber y Coral nos contaban sus luchas por ese espacio y la comunidad. Nos sentamos a comer muy rico y regresamos un poco apurados porque había anuncios de lluvia y los capitanes de la lancha querían regresar. Pero la verdad es que provocaba quedarse ahí otra semana. 

El sábado se sentía que llevábamos un mes ahí, pero a la vez con la nostalgia de que ya se iba a terminar Camp Pedro. Nos prepararon arepas con huevo (que yo no comí) para el desayuno y después nos fuimos a comprarle a Arturo una maleta, porque ya era evidente que todos los regalos no cabrían en la que trajo. En el día, Arturo se quedó en la casa y las hermanas nos fuimos a hacer un tour de TODAS las tiendas de artesanía de Cartagena. Yo busqué mi vestido que me estaban arreglando y le compré una carterita a Fer, pero regresamos cargadas. Almorzamos en ALMA, el restaurant de un hotel muy bonito, rica comida y bien servida. Cuando regresamos la iglesia de San Pedro estaba tomada por seguridad por una boda, que era de la hija del Contralor de Colombia. Muy elegante. 

Teníamos una misa de despedida a las 7, pero yo me escapé un rato porque descubrí por Instagram que la hija de Xiorelis se presentaba en un show de baile cerquita de San Pedro y fui a saludarlas. Nos dimos un abrazo, tomamos fotos y me quedé esperando a ver a María bailar, pero los de Chile no terminaban y me fui. La misa la celebró Alfredo, estuvo muy sentida. Había que dar gracias por tanto. 

Para despedirnos y agradecerles, las hermanas invitamos a la comunidad a una cena, ellos escogieron un restaurant oriental, Tae, y fuimos todos: los Sosa, Alfredo, Pacho, Álvaro, Luis Raúl, Juma, Chucho y Ricardo. De postre nos tocaba helado de paila, que no logramos probar porque ya habían cerrado, pero nos comimos unos muy ricos ahí en la Plaza de San Diego y caminamos a San Pedro entre las multitudes de los sábados por la noche. 

Fue noche de despedidas, las caraqueñas se fueron en la madrugada del domingo, Arturo tempranito en la mañana y yo en la tarde. Después que despedí a Arturo, hice mi maleta y volví a salir con mi cámara por ahí cerca. Me desayuné en Waffles & Crepes porque no había cola y me compré un pan con queso en la panadería rica para llevármelo para el viaje. 

Pasamos una semana inolvidable, sin la paz de Cohasset o Caruao, pero igual de memorable. No perdamos esta costumbre. 

Los caminos a Santiago

Andar no es un deporte.
Caminando, solo una hazaña importa:
la intensidad del cielo, la belleza de los paisajes.
Frédéric Gros

Son muchos caminos, son muchísimas maneras de caminar. Y no solamente porque cada persona que pasa por esas rutas vive su propio camino, sino porque es un entramado de sorpresas: subidas, bajadas, piedras, cemento, asfalto, barro o polvo. En muchas de las vueltas cambia: sales de una zona boscosa y se abre a unos sembradíos de trigo gigantescos y a unos cielos indescriptibles, o vienes de un trayecto cerrado y la siempre presente flechita amarilla te señala un puente de madera.

Uno sigue, un pie delante del otro, mirando hacia abajo o al paisaje, pero sin dejar de poner un pie delante del otro.

Esto es mi breve recuento fotográfico, no salí con la intención de hacer fotos, pero fue imperativo, el teléfono siempre cerca, en un bolsillo y, al mirar algo, pasar uno de los bastones a otra mano y sacar el teléfono, fue inevitable en mi caso.

Si en las fotos parece que la mayor parte del camino estaba vacía es porque caminé sola mucho tiempo e intencionalmente esperé a que no hubiera caminantes. Quería fotografiar las curvas, las rectas, las subidas y bajadas, y los contrastes. Me cruzaba con mis compañeros de viaje y por ratos iba con ellos hasta que nos separábamos, cada uno a su tiempo.

Este es un blog fotográfico, lo que pasó por mi cabeza durante esos kilómetros va en otro.

Día 1 | Pamplona-Puente de la Reina

Nos prometieron un día duro, la subida del perdón, a 700 metros, y su respectiva bajada. Sin embargo, salí con muchas ganas de caminar, de que me sorprendiera el camino.

Un trayecto muy bello una vez que sales de la ciudad, campos inmensos de trigo y flores rojas, imposible no hacer fotos. Atravesamos el primer pueblo de Navarra, Cizur Menor, bello, pulcro y dormido. No lo sabía en ese momento, pero fue un patrón, los pueblos estaban durmiendo siesta, no había nadie a la vista. Yo seguí directo hasta llegar a Zariquiegui, donde sí me senté a descansa, busqué un baño y me alcanzaron mis compañeros caminantes. Ahí nos enteramos que íbamos por el kilómetro 11 de la subida y nos faltaban unos 5, así que agarramos fuerzas y seguimos.

La cima era impresionante y ahí sí se veía mucha gente descansando y tomando agua. Nos tocó un día bello para las fotos, pero soleado y caliente para caminar. La subida no me pareció terrible, así que me senté unos minutos y empecé a bajar.

La bajada era muy empinada y caminando por piedras redondas, la tierra muy roja, había que hacerlo con ciudado porque rodaban esas piedras. La primera parte fue difícil y se sintió largo, aunque en el mapa no es. Después todo el camino era en bajada, pero en suelo firme y entre los campos, atravesamos Uterga y Muruzábal, que también dormían. Poco a poco el camino se estrechaba hasta llegar a un poblado. En mi mente yo tenía que llegar hasta Puente de la Reina y seguí, cuando me paré a ver dónde era el hotel, lo había dejado atrás por 600m.

Cuando logré entrar al cuarto me di cuenta lo cansada que estaba. Fueron más de 25k. Odié mi morral, me pesó demasiado.

Día 2 | Puente de la Reina-Estella

En la noche del primer día estábamos tan cansados que no fuimos al pueblo, lo vimos en la mañana al salir. Esta etapa tenía sus subiditas también, pero, a pesar del bonito amanecer, se fue nublando el cielo y estaba el clima más sabroso para caminar.

Dejé en el morral lo estrictamente necesario y caminé sola casi todo el tiempo, durante un trayecto conversé con Jean, una chama belga que estaba haciendo parte del camino, porque no lo daba tiempo de llegar a Santiago. Estudiante de ecología, habla inglés perfecto. En Lorca ella se quedó y yo seguí. También atravesamos Zirauki y Villatuerta, donde queda la Iglesia de San Venemundo, una de las pocas que conseguí abiertas para sellar el pasaporte.

Ya cerca de Estella, al cruzar el puente, me agarró una señora pelirroja y habladora –Lola– y me convenció de que me fuera con ella por el camino “nuevo”, que es paralelo al de siempre. Habló sin parar de todas las veces que había ido a Santiago y de el nuevo camino sembrado de flores y, cuando llegamos a donde terminaba el tradicional, se nos juntó un muchacho catalán –Sergi– que no veía por donde seguir y caminó con nosotras. Yo le advertí que Lola me había secuestrado, que no estaba segura que fuéramos a llegar. Pero sí llegamos a Estella y nos despedimos de Lola, que me ahorró un par de subidas. Me encantó Estella, aunque todo estaba cerrado. Llegué al hotel y me acosté, después de mi siesta salí y me encontré con parte de mi grupo que peleaban con la puerta del hotel que necesitaba una clave para entrar.

Estábamos cansados, fueron 22k. Sin embargo yo salí a buscar un sitio donde comer porque todo estaba cerrado, caminé demasiado.

Dia 3 | Estella-Los Arcos

Salimos temprano con un maravilloso día nublado. En el mapa que está al salir del pueblo, un gringo nos explicó que habían dos rutas en este trayecto, que si queríamos seguir la tradicional, más corta, teníamos que ir por la izquierda todo el tiempo.

Yo esa izquierda no la encontré, seguí las flechas amarillas y me encontré en un bosque, bello y tupido, en subida, muy vacío de gente. Un par de veces me paré a esperar que hubiera voces de otros caminantes cerca, porque me daba miedo estar perdida. Al salir del bosque lo que había era una vista bellísima de campos abiertos y me dí cuenta que tenía un fuerte dolor en el pie derecho, que se fue haciendo más fuerte a medida que caminaba, no recuerdo haberme golpeado ni torcido. Me puse los audífonos y oí música para no pensar en eso.

Iba buscando un pueblo llamado Irache, que nunca apareció. El único pueblo que me encontré en este camino fue Luqui, donde un vecino –Pablo– me anunció que si no me paraba ahí para comer o ir al baño, que no había más nada adelante. Entré en el único sitio y fui de mesa en mesa pidiendo un ibuporfeno que nadie tenía. Me tomé una aguakina y cuando la fui a pagar no acepataban tarjeta, pero apareció Sergi y me ofreció pagar. Ahí me senté con él, un brasilero y una gringa, hasta que llegó Óscar.

Conversando, nos dimos cuenta que habíamos agarrado por el camino de la derecha, los demás andaban por otro lado. Empezamos a bajar juntos, pero yo pronto me adelanté, solo quería llegar, me dolía el pie derecho y la rodilla izquierda. Usé los bastones para tratar de no apoyar peso, pero quería llegar.

Esos 10k fueron eternos, atravesamos campos y campos de trigo, nos tropezamos con un food truck en el medio de la nada. Yo no me quería parar, pero tuve que hacerlo por el dolor. Lo peor fue que al llegar a Los Arcos me di cuenta que faltaba un kilómetro para la pensión. Fue el peor día para mi, 23k pero 18 con dolor.

Día 4 | Los Arcos-Viana

Después de descanso/tratamiento/calmantes amanecí con el pie hinchado pero con menos dolor. Teníamos una ruta menos exigente este trecho, así que arrancamos con tiempo fresco y seminublado hacia Viana, porque habíamos decidido hacer el trayecto a Logroño en dos partes.

No me exigí mucho, caminé acompañada gran parte del camino y sacando los bastones cada bajada para ayudar a mi rodilla, que era lo que me dolía.

Fue un camino suave, bonito y el paisaje fue cambiando: menos campos sembrados de trigo y más olivas y árboles a los lados. Tenía algunas subidas y bajadas pero no fue grave, este pedazo tenía varios cruces con autopistas e incluso un buen pedazo en la carretera. Pasamos temprano por Sansol, dormido como todos, y nos paramos a tomar un jugo, pero no por mucho tiempo, seguí sola, aunque en alguna parte del camino me encontré con María y seguimos mas o menos juntas hasta ver a Viana. En alguna parte del camino nos encontramos con un bar, con mesas y todo instalado entre los árboles, no nos quedamos, pero nos pareció una buena idea.

La entrada a Viana fue engañosa, porque para llegar al centro había que subir bastante, pero al entrar al centro tuvimos una imagen diferente a todos los pueblos que habíamos pasado: era una fiesta, las calles llenas de gente celebrando. Nos encontramos a parte de nuestro grupo sentados tomando cerveza en uno de los bares y nos sumamos. Caminamos 18k. Estábamos tan poco cansados que salimos a ver las fiestas de La Rioja en la noche. Antes de un tremendo aguacero.

Día 5 | Viana-Logroño

Estábamos contentísimos porque la ruta de ese día era corta y plana. Puse mi rodilla en hielo y el pie se me deshinchó.

El trayecto se sentía más urbano por pedazos, aunque atravesamos tramos bajo árboles grandes que iban a los lados de la carretera. Llegamos a Logroño temprano. La entrada en Logroño es bonita y tienen una buena oficina de turismo al llegar. Pero, como el hotel no estaba listo, caminamos por la ciudad lo que no hicimos en el camino. Resto del día libre. De Viana a Logroño 11k.

Dia 6 | Logroño-Palas de Rei

Este fue el día más fácil. Yo fui en la mañana al centro de Logroño para sellar mi pasaporte en la Catedral, estaba todo tranquilo pero en inminente preparación para las multitudes que esperaban por las fiestas de San Bernabé y el día de La Rioja, la noche anterior vimos el gentío.

Después hicimos un largo recorrido en carro hasta Galicia, con una parada en León, donde intentamos ver la catedral, pero estaba cerrada. Tuvimos la suerte de ver una procesión acompañada de una banda de la policía, con bella música.

Seguimos hasta cerca de Palas del Rei, dejamos las cosas en Casa Roan y nos fuimos a comer como los dioses en La Parada das Bestias. Ese día 0k, pero un montón de carcajadas.

Día 7 | Palas del Rei-Melide

¡Galicia! La verdad es que para mí Galicia es entrañable, no lo puedo explicar, la conozco poco, pero me trae a mi gallega cada vez que oigo a alguien hablar.

Amanecimos en una casa de de más de 100 años, de piedra y verde, atendida con cariño por una pareja de chamos. Aquí casi parece que las piedras crecieran junto al musgo, orgánicamente. Como estábamos en una casa rural, nos acercaron a Palas del Rei para empezar a caminar.

Este fue un trayecto hermoso, creo que el más bonito del viaje. Cada vuelta aparecían tres tonos más de verde que no habíamos visto, un horreo más bonito que los anteriores o una pared de flores más grandes que lo que uno se imagina. Hacía buen tiempo y caminando bajo la sombra de los eucaliptos no hacía calor. Todo perfecto.

En algún momento perdimos alguna flecha amarilla y empezamos a caminar por la ruta de bicicletas, esa parte no era tan buena porque casi todo era sobre asfalto. Cuando ya nos faltaban un par de kilómetros, empezaron a sonar los truenos detrás de nosotros. Habíamos tenido suerte y no nos había llovido ni una gota, pero Galicia… El punto de encuentro eran los pulpos en La Garnacha y tuvimos que correr el último kilómetro para mo empaparnos, los que no perdieron el camino ya estaban ahí, Óscar se quedó atrás y se equivocó de calle, pero pronto llegó. Recorrimos 15k.

De ahí a Casa das Corredoiras, otra casa rural bellísima que nos cobijó mientras diluviaba.

Día 8 | Arzúa | O Pedrouzo

Amaneció sin lluvia, consentidos por otra pareja de jóvenes gallegos con su mamá, que de nuevo nos acercaron al pueblo para arrancar el camino. Cuando empezamos, vimos un grupo grande de unos cuarenta muchachos preparándose para salir, con música y banderas. Y aunque salimos antes que ellos, nos cruzamos varias veces en el trayecto con sus cantos y su alegría.

Este pedazo tenía subidas y bajadas leves, y mucho verde y flores, la novedad era que ya se empezaban a juntar los distintos caminos hacia Santiago y conseguimos gente por todas partes, casi nunca caminé sola. En Galicia uno no siente que atraviesa pueblos, sino caseríos y siembras, donde de repente te tropiezas con una iglesia pequeña. También se ve en esta parte una preparación para recibir a los peregrinos que no vimos en Navarra: allá había chorros de agua en las plazas de todos los pueblos para rellenar los termos, aquí hay bares, la mayoría bien montados y atendidos, porque tienen mucho público. Gran parte de este trayecto lo hice con la tocaya y Ramón, buena conversa.

Caminamos 19k hasta O Pedrouzo (que también lo llaman Arca u O Pinho), este pueblo es una calle con pensiones, farmacia, restaurantes y tiendas para los peregrinos. Quienes llegamos temprano nos comimos un banquete de carne a la piedra, los que llegaron después del aguacero comieron pizza.

Día 9 | O Pedrouzo-Santiago

El último día, ya listos para “abrazar al santo”, con medias especiales. Se sale de este pueblo por caminos verdes, muy verdes después de la lluvia de la noche, bellos bosques que poco a poco se van quedando atrás y uno empieza a recorrer calles, edificios industriales, aeropuertos, caminos con mucha gente… la entrada hacia Santiago de Compostella no es tan bella. Finalmente se llega a un parque grande, bonito, que se llama Monte del Gozo, a 5 kilómetros del centro. El día que llegamos se preparaban para recibir a un montón de jóvenes para un festival de música, conté 240 carpas dentro del parque.

Nosotros seguimos, habíamos acordado que llegaríamos todos juntos a la plaza, así que hicimos varia paradas para esperar a quienes venían atrás. Nos tomó una eternidad llegar a la Plaza do Obradoiro, frente a la Catedral, pero llegamos juntos y felices. Muy sabroso logro. Este día fueron 20k. Quisimos celebrar esa noche con una buena cena, pero no pudimos conseguir reservaciones, terminamos en un bar en una calle, igual de cansados y contentos.

Al final extrañé no haber conocido ni podido fotografiar a los locales de los pueblos que pasamos, vimos muy poca gente en esos sitios, los campesinos en el campo y al mediodía la siesta.

Después de levantarme cada día preparada para, después de un buen desayuno, seguir poniendo un pie delante del otro, sentí como una nostalgia por seguir caminando. Uno se da cuenta de que esos pasos, uno a la vez, te llevan a cualquier parte. Al final decíamos “¿15k? ¿qué es eso para nosotros?”, nada como viajar con un buen grupo de gente. Agradecida por tanto, ese 14 de junio “abracé al santo”. Espero volver a hacerlo.

  • todas las selfies son cortesía de MF Flores.

New York 2021

De vuelta a New York, como todos los años. Cada vez que estoy preparando mis venidas a NY recorro en mi mente las calles que conozco mejor que muchas de Caracas porque cuando vengo las camino a diario. Escojo en mi mente a dónde voy a ir, saboreo mentalmente el café y otros antojos que me voy a comer.

Pero en 2020 no vine. Cuando tomé la decisión de venir a vacunarme, mi mente se convirtió en un revoltillo de dudas. Después de un año encerrada y con referencias en lo que uno lee, oye y se inventa, el paseo por NY en mi mente era borroso y desconocido.

El primer día hacía mucho frío y estaba nublado. Mi percepción era tan gris como el clima: encontré a la ciudad triste, poca gente, poco tráfico, sorprendentemente poco ruido. No pasó mucho tiempo para que eso cambiara porque poco después del mediodía hubo un incendio en el edificio donde yo estaba comprando unas acuarelas y llegaron como 15 camiones de bomberos y como 30 de la policía y el nivel de ruido fue impresionante. Eso se parecía más a NY.

Me ha tomado más tiempo de lo normal reconocer la ciudad, convertida en una red infinita –mucho más de lo normal– de andamios sobre las aceras y desvíos en las esquinas. Tantos que uno casi no se da cuenta de la cantidad de locales sucios y vacíos por cierre. Sólo cuando uno se va fijando específicamente en sitios conocidos es que se da cuenta de lo que falta… y es mucho.

Las aceras semivacías se llena de obreros de construcción a la hora de almuerzo, sentados en el piso y en los improvisados sitios para comer al aire libre.

Cuesta acostumbrarse a las cuadras enteras llenas de “ranchos” sobre un canal de la calle, que los restaurantes improvisaron en el clima cliente para servir al público afuera, y que ahora están vacíos y destartalados. En los restaurantes más lujosos no son tan ranchos, pero igual extraños. También hacía mucho tiempo que no veía aceras enteras con homeless arropados.

Pero NY sigue teniendo esa cualidad que lo diferencia en su gente, en su manera de moverse, ahora casi todos cubiertos por máscaras, en su Central Park impecable y en la silueta de la ciudad que ha cambiado mucho en los últimos años.

New York hoy se siente como una cuidad que pasó por un aparatoso accidente y ahora (¡por ahora!) está inmovilizada, enyesada y llena de tubos por todas partes, pero la gente empieza a salir, a reunirse, con máscaras y muchos sitios con restricciones. Estoy segura que revivirá.

Procesión de Viernes Santo 2014

Este año había menos gente de lo que uno recuerda. Menos fervor también. Parece que ahora nos interesa más grabar y fotografiar que vivir el momento.

Había una nueva imagen de la Magdalena con una corona de espinas en las manos que era muy bella de fotografiar porque tenía un manto plateado y unos zarcillos inmensos que reflejaban la luz.

En blanco y negro porque la luz estaba suave, perfecta para blanco y negro.

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Guatemala gentil

La gran sorpresa fue encontrar un país pulcro, ordenado, gentil. Una organización turística dispuesta a decir que sí y a ser amables hasta el cansancio. Eso aparte de la belleza natural y el colorido de sus culturas. Una grata sorpresa.

Ciudad de Guatemala

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Parque de Tikal

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Antigua

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Aguascalientes

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Lago de Atitlan

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Volcán Pacaya

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Los Próceres: fanatismo, paciencia y orgullo

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Yo tenía que haber ido el jueves, pero dudé y me quedé sin ir. Anoche me di cuenta que llevo 5 días encapsulada en mi apartamento viendo y leyendo historias de la gente que está en Los Próceres. Entonces decidí que iría así fuera sola y si la cola era razonable, de 2-3 horas, la haría. Invité a Natalia y quedamos en vernos allá. Me fuí sola en mi carro, me estacioné cerca de la entrada del Paseo Los Próceres y arranqué a caminar con mi cámara.

Abajo está lo que ví, pero les cuento lo que sentí. No presencié nunguna expresión desgarradora de tristeza, de hecho, no vi ninguna expresión de tristeza. Las ¿miles? de personas que estaban en la larguísima cola estaban tranquilas, sin apuro. El ambiente era amable y paciente. Me dí cuenta que si hay algo que une a esas personas que retraté hoy era el inmenso orgullo de ser chavistas. Lo mostraban en sus atuendos exagerados y en las expresiones que intercambiaban.

La otra cara de la moneda (¿o la misma?) es el capitalismo salvaje del merchandising necesario para crear y sostener un mito. La creatividad por todos lados, hicieron CDs, medallas, cintas, calcomanías, tatuajes y miles de franelas que ahora tienen los ojos del difunto impresos en escarcha. El paseo central de Los Próceres es un mall.

Estas fotos las hice sin lentes especiales, me acerqué a la gente y les pregunté. Todos posaron orgullosos y, al contrario de lo que he visto los últimos días en VTV, nadie me insultó, me amenazó, ni me miró feo. Compré churros y los compartí con unas gorditas. Pienso que todavía hay chance de hacer algo, si no sembramos mas odio, cuando estamos cara a cara, todos somos venezolanos.

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Fue bueno ir aunque no entré porque la cola hubiera sido de 6-7 horas si no entraba alguien importante y la detenían.

Al dejar a Natalia en su casa me dí una vueltica por el Panteón. #soestalisto

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Barlovento con HCR

La temperatura estaba a 40 grados, el sol inclemente, la gente esperó, algunos más impacientes que otros… pero llegar EL CANDIDATO y comenzar una locura incontrolable es la misma cosa. Especialmente las mujeres, desde los 5 hasta los 95 años se transforman. Gritos, empujones, besos, suspiros.

Me lo habían contado varias veces, pero estar ahí derritiéndose y verlo es otra cosa.

Sobre esta foto: Por el ángulo y la luz –y especialmente por el dibujo en la cara del señor– el tipo da miedo. Pero en realidad es un vendedor de helados, muy humilde y amable. Se pintó esa pistola en la cara en señal de protesta por la violencia que se vive en la zona. Encima del dibujo de la pistola llevaba una línea que la tachaba pero se le borró con el sudor.
Hay un camino…

Zuccotti Park

Tuve la oportunidad de pasar un par de días por New York. Me llevé mi cámara de fotos exclusivamente porque quería ir a la protesta que lleva un movimiento que se llama Occupy Wall Street (OWS) en una plaza llamada Zucotti, al sur de Manhattan, cerca de Wall Street, sede de bancos y casas de bolsa.

He intentado seguir esta protesta porque me interesa el activismo ciudadano en todas sus formas. Sin embargo, ha sido difícil encontrar información sobre los motivos reales y las solicitudes de este grupo de personas que decidieron instalarse en esa plaza en señal de protesta. Algunos reportes hablaban de cientos, hasta de miles de jóvenes protestando la falta de trabajo, el costo de la vivienda, los impuestos, la ayuda financiera que se le dio a los bancos… y un centenar de quejas más.

Así que decidí acercarme y verlo con mis propios ojos. El jueves llovió sin parar sobre la ciudad, pero el viernes amaneció el sol radiante y un frío que se colaba. Me habían dicho que no sería difícil conseguir la plaza y la pude ubicar, no por los tambores que decían que sonaban los días anteriores, sino por la cantidad de policías que la rodeaba.

Debo decir que fue una visión decepcionante. Un plaza empapada donde los policías parecían estar cuidando ropas, colchas y carpas tendidas para secarse de la lluvia. Se veía pocos “ocupantes” y muchos mirones con cámara como yo.

Me metí por entre las carpas y fotografié la intimidad de la vida de los que viven ahí: su ropa mojada, sus bolsas de macdonalds y donkindonuts, sus pantuflas y detalles como mascotas y floreros con flores frescas puestos a los lados de las carpas.


Al rato de estar ahí se armó una “asamblea” y unas 20 personas salieron de las carpas. Estaban informando sobre la posibilidad de irse de ahí en vista de que anunciaban una nevada para el día siguiente y daban instrucciones de cómo organizar las carpas para la mudanza. Yo había visto en videos el sistema de reproducción de sonido que usan: quien habla lo hace en frases cortas y los que están cerca lo repiten en coro para que los que están más lejos lo oigan. En video es raro, pero en persona suena como una secta repitiendo mantras, es realmente extraño.


Finalmente los ocupantes no se ha ido de la plaza, torearon la horrible tormenta de nieve y siguen ahí. Sin embargo, ya ese día quedaban pocos y no se veían muy sanos. Vi “homeless”, gente que vive en la calle, que simplemente estaban sentados frente a donde sirven la comida esperando que les dieran algo, otros entraban y salían de la “carpa solidaria”, donde les daban ropa seca.

En resumen, lo que vi fue un grupo de personas pasando mucho frío, no tan jóvenes, no tan sanos y sin un mensaje claro para los mirones del mundo que estábamos ahí. No digo que esto sea lo que es OWS, sino la sensación que me quedó después de pasar un par de horas ahí.